La casa deconstruida
: Cápsulas
La casa como forma
reconocible, como módulo disponible para la agregación que da como resultado un
espacio interior zonificado, ha dejado de ser interesante. Lo importante es ahora el
medio, el conjunto de artefactos o muebles que muestran un programa
estrictamente ligado a lo más inmediato de la existencia diaria de su dueño: el
embellecimiento (aseo), la información (consola de telecomunicaciones) y el
reposo (butaca cama).
Su ámbito es la privacidad, sus condiciones la
fugacidad y el anonimato.
Su estructura y dimensiones son mínimas. Se caracterizan
por su temporalidad.
La casa positivista
Representa la concepción de la casa y la familia
institucional. La nueva categoría dominante es, para el arquitecto positivista,
el metro cuadrado: La casa se disecciona, se descompone en unidades mínimas
cronometradas para reorganizar las tareas en esquemas carentes de
interferencias, perfectamente coordinados. Su condición es la optimización, la
mecanización de cada movimiento, de cada material.
No queda en ella lugar ni rincón para la desviación,
el aislamiento o el gozo: lo privado se expone, lo doméstico se anula, lo
íntimo se castiga. La casa positivista permite la exposición (visibilidad
transformada en vigilancia) de los miembros de la familia: saludable,
trabajadora, eficiente. Sus características son la practicidad, la transparencia,
la limpieza.
Si tomamos ahora la concepción de la casa
positivista en todas sus acepciones, es fácil imaginar que ante esta limpieza
de cuerpo y de alma que el sujeto positivista plantea en su forma de habitar,
necesite un contrapunto que le permita liberarse como ser humano: un espacio
fuera de esa casa, anónimo, donde poder llevar a cabo esas tareas castigadas a
los ojos de su propia familia y su comunidad. Parece lógico pensar que el
sujeto positivista es un ser humano contenido y asfixiado por la norma y que,
regularmente, necesitará una forma de escape hacia nuevas áreas de impunidad
donde se produzcan formas más intensas de socialización.
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